¿Pero qué mierda de futuro es este?
El futuro no es lo que era. No nos mandan la carta de despido por fax a tiempo real (afortunadamente), ni los cines proyectan hologramas de tiburones ni la gente se comunica habitualmente a través de videollamadas. Tampoco somos capaces de viajar a la luna como quien va a París como aseguraba Stanley Kubrick en 2001, una odisea del espacio, ni podemos siquiera soñar con viajar a Júpiter (por no hablar de haber creado robots tan cracks y cabroncetes como HAL 9000). Ni siquiera tenemos androides capaces de sentir amor o dolor, o tener conciencia ante la propia muerte. Entonces, ¿qué mierda de futuro es este que tenemos que la tecnología, que se supone que avanza un montón (recuérdese la ley de Moore), no ha cumplido nuestros sueños?

Probablemente haga falta más tiempo del esperado (ya lo decía mamá, “Paciencia, mi niño, que todo acaba llegando en esta vida”). O, simplemente, quizás nuestros guionistas y escritores estuviesen apuntando en dirección equivocada.
Tomemos una de esas frases tan queridas por los profesores en las escuelas de negocio. ”Todo lo que podía ser inventado ya ha sido inventado“. La cita data de finales del siglo XIX y supuestamente la pronunció Charles Duell, el comisionado, nada menos, de la Oficina de Patentes Norteamericana. Cuando la dijo no se había presentado en sociedad ni el cine, ni el radar, los ordenadores, el wifi el cubo de Rubik o el Actimel con L. Casei Inmunitas. Pensamos en el futuro como un río que va avanzando por la dirección que marca su cauce, y no imaginamos que en un momento dado, un golpe de genio puede abrir en ese cauce un efluente inesperado.
Por eso, nadie ha sido capaz de imaginar que un día habría internet y que este viajaría sin cables. O que siempre llevaríamos encima un pequeño aparato que no solo nos serviría para hablar, sino que con él podríamos comunicarnos con el mundo de decenas de formas, descubrir el nombre de un monumento o de una canción o decirnos dónde podemos comprar un cierto producto (entre miles de aplicaciones)
Hay guionistas y escritores, sin embargo, que sí han sido capaz de ver más allá. Y aquí destaca sobre todo Arthur C. Clarke. No solo predijo como coautor de 2001, Odisea del Espacio (la película es de 1968) que un día existiría una pantalla con la que podríamos leer toda la prensa del mundo, sino que en 1974 aseguró que llegaría el momento en que todos tendríamos en casa un aparato que permitiría “conseguir toda la información que necesitamos”. En 1974, no hacía ni cinco años que por primera vez se había logrado conectar dos ordenadores entre sí, y ni siquiera los ingenieros responsables de este hito eran capaces de imaginar la repercusión que esto tendría.En 1988, Isaac Asimov también demostró notables dotes adivinatorias.
Otro pionero de los que lograron anticiparse al mundo real fue Hugo Gernsback, si bien en su caso él mismo era inventor, además de escritor. Pero eso no impide que lo de este luxemburgués sea asombroso: en su relato Ralph 124C 41+ publicado en 1911 fue capaz de predecir el cine sonoro, los alimentos sintéticos, el Skype, los vuelos espaciales y el radar.
Michael Crichton también tiene su puntillo… El autor de Parque Jurásico es también el cerebro detrás de Acoso, una película algo floja dirigida por Barry Levinson en 1994. En una de sus escenas finales, Michael Douglas hace uso de unas gafas especiales que le permiten introducirse en un mundo virtual dentro del que competirá con una malisisisisíma Demi Moore. ¿Suena conocido este rollo?
Estos descubrimientos no son excepciones. Los guionistas y escritores han logrado predecir lo más importante. Que este futuro es una mierda. No es el que imaginamos nosotros, sino el que imaginaron ellos (ya se sabe, un mundo feliz sin problemas no es demasiado cinematográfico: ha de crisis y desenlace para que haya historia y no anécdota). El mundo es oscuro como en Blade Runner, violento como en La naranja mecánica, está mal gobernado como en Star Wars, frío y arisco como en La carretera, deshumanizado como en Tiempos Modernos…
Y sin embargo, nos esforzamos día a día por ser felices, y día a día encontramos motivos para querer vivir y serlo. Como bien se encarga de recordárnoslo Woody Allen en el final de Delitos y faltas, uno de los más bonitos que se han rodado.













